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31-07-2011

 


 

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  UN VIOLÍN PARA HALINA

CAPÍTULO 5: EL SOLARIUM (1)

Tras la pausa de 30 minutos para la comida, Halina regresa a su taburete esperando calladamente el momento en que Hocker reclame su presencia.

Sobre las 5 de la tarde un soldado SS armado con un rifle al hombro irrumpe en el barracón; la kapo escucha atenta y rígida las órdenes del soldado. Mira a Halina y asiente inclinando su cuerpo como si de una reverencia se tratase. Se acerca a Halina y le dice que se levante y siga al soldado. Sin rechistar. Algunas prisioneras suponen que será ejecutada por cualquier motivo.

Fuera está la aufseherin Gerda; junto al soldado conducen a Halina hacia los barracones de la enfermería; el frío ha remitido ligeramente por el calidez del sol, el cielo es de un azul claro y una brisa suave mece las copas de los árboles del pequeño bosque que rodea parcialmente la depuradora de aguas. Sólo el hedor, a veces nauseabundo, que el viento arrastra desde la boca de la chimenea del crematorio IV estropea ese instante de paz.

Cuando llegan al barracón dormitorio el soldado desaparece.

- Tienes una hora para ajustar el violín y cambiarte de ropa, espero fuera, judía. – Gerda no trata de ocultar su desprecio hacia el pueblo semita.

Sobre el camastro está el estuche que la tarde anterior se llevó Hocker; al lado, perfectamente limpio y planchado, un vestido largo de color rojo intenso junto a ropa interior de aspecto totalmente nuevo, una medias y los zapatos de charol impecables. El abrigo está colgado de una percha.

Halina prefiere empezar con el violín para comprobar que está en condiciones; inspecciona el puente, con la yema de los dedos recorre el astil hasta la voluta y comprueba el giro de las clavijas. Las cuerdas están tensas y dispuestas a ser acariciadas por el arco.

Ahora es el momento de vestirse para Hocker; lentamente comienza a despojarse del traje de dril cedido por el III Reich quedándose totalmente desnuda; se observa a si misma, apenas lleva 48 horas en Auschwitz y ya acusa una cierta delgadez que resaltan sus costillas. No hay un espejo en el que reflejar su rostro pero sabe que los ojos están un poco hundidos sobre unas ojeras antes inexistentes.

Las medias son ajustadas a la longitud de sus piernas y las bragas nuevas aprietan la incipiente flacidez de sus glúteos. El sujetador es ancho con copas amplias en donde sus turgentes senos encuentran espacio holgado.

La suavidad del vestido rojo y el brillo que desprenden los pliegues parece ser de seda, el tejido tupido no deja cabida a la transparencia aunque el escote es discreto. Mejor, no desea provocar el instinto primario de un hombre que no tendría reparo alguno en violentar su inocencia.

En una caja de cartón hay dos barras de labios, una reducido estuche redondo y pequeño de los que las damas llevan en su bolso para acicalarse fuera de casa y un frasco de perfume evidentemente usado por la poca cantidad que contiene.

Halina abre la puerta del barracón espléndidamente ataviada, da la sensación de estar esperando a un caballero para acudir a la ópera de Varsovia. Sólo el cabello cortado no se ajusta al resto de su cuerpo.

Gerda está apoyada en el guardabarros trasero de un Kubel fumando un cigarro, la mira detenidamente y parece hacer un breve gesto de agrado. El cigarro cae al suelo a la par que Gerda abre la puerta del vehículo. Halina y Gerda se sientan en la parte trasera y un soldado haciendo de chofer arranca el motor. Ya está oscureciendo y los faros de Kubel iluminan los caminos internos de Auschwitz.

En una zona alejada del complejo Auschwitz se encuentra el Solarium, una amplia edificación de madera en donde todo el personal SS del complejo disfrutaba como en un club social; con un amplio salón y servicio de cafetería y restaurante este espacio permitía a los SS relajarse del intenso trabajo de asesinar diariamente a miles y miles de víctimas inocentes. El amplio porche estaba equipado de cómodas tumbonas en donde tomar el sol y dormitar siestas tras las copiosas comidas.

El Kubel se detiene en la parte posterior del Solarium, unos faroles despiden la suficiente iluminación para no tropezar en los escalones de madera que llegan hasta una discreta puerta. Gerda, seguida de Halina y el estuche con el violín, llama a la puerta. Hocker abre al momento. Mira a ambas mujeres pero es Halina la que resalta por su belleza ahora multiplicada por el carmín de los labios, las mejillas ligeramente enrojecidas y unas ropas que nada tenían que ver con las que llevaba cuando bajó del vagón dos días antes. Gerda dio media vuelta y se marchó hacia el Kubel.

- Hola Halina… estás preciosa. – Hocker estaba buscando las palabras necesarias que restaran dureza a este momento.

- Gracias, señor. –Halina respondió segura de sí misma sabiendo que aún siendo una judía en manos de un oficial de la SS y dentro de Auschwitz no le pasaría nada.

La habitación es rústica pero agradable, equipada con una mesa de pino macizo y cuatro sillas a juego. El centro de la mesa esta decorado con un ramo de flores naturales. De una de las paredes hay colgados las cabezas disecadas de dos cérvidos bajo las cuales hay una repisa con un teléfono de campaña. Un sofá flanqueado de sendos sillones de orejas aparentan estar en un lugar muy distinto. Un mueble acristalado junto a un aparador de varios cajones completaban el mobiliario; las cortinas a cuadros daban un toque hogareño al conjunto.

Esta noche Hocker quiere ser humano; aunque vestido con su uniforme militar de la SS desea comportarse como el civil de antaño en el que ninguna muerte residía en su conciencia.

- Por favor, toca una pieza. – Hocker corre las cortinas y tras encender un cigarro se sienta en uno de los sillones.

Halina, tras despojarse del abrigo y colgarlo del respaldo de una de las sillas, coloca el estuche sobre la mesa y lo abre; con un respeto sobre tan magnífico instrumento extrae el violín y el arco.

- Señor, ¿Desea alguna pieza conocida?

- No, dejo en tus manos la elección. - Hocker, aunque es un amante de la música clásica es, a su vez, un ignorante sobre obras y compositores.

Halina levanta el violín y tras ajustarlo contra su hombro comienza a deslizar el arco. El concierto para violines y cuerda en Re Menor de Johann Sebastian Bach sumergen a Hocker en un éxtasis profundo; durante los casi 10 minutos que dura la interpretación, Hocker se desabrocha el cuello de la camisa y dos botones de la guerrera. Está cómodo y posiblemente en su ciudad natal, Engershausen, muy lejos de Auschwitz.

Halina tampoco está en la habitación del Solarium, con los ojos cerrados y meciendo el arco se encuentra en la Sala de Conciertos interpretando ante el director de la Academia de Música Eugeniusz Morawski-Dąbrowa durante su examen final en 1939. En la Sala, repleta de familiares de los demás alumnos, están sus padres Wiktor y Ruth.

Cuando la última nota se escapa del violín, ambos regresan a Auschwitz; es un retorno desagradable, ácido... Hocker ha encontrado en Halina una prueba más de que los judíos a los que asesina diariamente no deben ser tan malos como el Führer ha cacareado durante casi 12 años.

Hocker se levanta del sillón y abre una de las puertas del mueble; saca una botella de vino tinto, dos vasos tallados y un paquete con la envoltura de papel grisáceo y grueso y cerrado por una fina cuerda.

- Siéntate Halina... quieres un vaso de vino?

- No, señor, no bebo vino, gracias.

Halina arrastra una de las sillas para sentarse pero Hocker le rectifica:

- No, por favor, siéntate en el sillón. - Hocker se sorprende a sí mismo; a unos centenares de metros y bajo sus órdenes, miles de judíos y gitanos están siendo asesinados en este mismo momento y, sin embargo, está siendo cortés y educado con uno de ellos.

Hocker llena de vino hasta casi el borde un vaso y bebe un gran trago.

- ¿Tienes hermanos?

- No, señor, soy hija única. - Halina está relajada y olvida por unos instantes que bajo el vestido rojo está el cuerpo de una prisionera judía; habla con serenidad, su voz ya es más sólida y la mirada es directa al rostro de Hocker.

- Hace dos días llegaste en un transporte desde Hungría pero eres de Varsovia ¿Qué hacías en Budapest?

- El 19 de abril del año pasado los soldados alemanes llegaron al ghetto de Varsovia, querían llevarnos a la estación y enviar a todos los judíos a unos campos de trabajo aunque ya corría el rumor de que era mentira, los hombres de Mordechai Anielewicz decían que todos los judíos del ghetto serían aniquilados sin piedad... era difícil de creer, !!Cómo van a matar a decenas de miles de judíos, eso es imposible...¡¡

- Sí, el Führer decretó en 1933 el odio a los judíos, pero aún no me has dicho como acabaste en Budapest.

- Disculpe, señor, el día 19 yo me encontraba junto a unos amigos, algunos antiguos estudiantes de la Academia de Música en la calle Elektoraina, dentro del ghetto; íbamos a visitar a una compañera que días antes se había fracturado una pierna.

Hocker está atento a las palabras de Halina, otro vaso de vino parece hacerle perder el control del tiempo.

- De repente comenzaron a sonar disparos en diferentes sitios a la vez; una bomba estalló cerca de nosotros y nos obligó a correr hacia la alambrada del ghetto, justo en la esquina que está a dos manzanas del parque Saski. Un hombre, en mangas de camisa y armado con un rifle nos miró y viendo que al otro lado de la alambrada no había soldados sacó una pequeña tenaza con la que cortó los alambres de espino...

- ¿Y tus padres?

- Cuando salí por la mañana a reunirme con mis amigos estaban en la habitación en la que vivíamos, en un edificio de la calle Pawia, antes del ghetto teníamos una casa en la calle Okopowa.

- ¿No volviste a por ellos?

- No pude, los disparos entre los judíos del ghetto y los soldados impedían el regresar y frente a nosotros estaba una alambrada cortada, ningún soldado de momento... yo corrí hacia el parque Saski, algunos vecinos de fuera del ghetto me miraron pero el ruido de los disparos y algún cañonazo de vez en cuando eran más importantes que yo.

- ¿En que trabajaban tus padres? - Interrumpe Hocker.

- Antes de la llegada de los soldados vivíamos en la calle Okopowa mi madre cuidaba de la casa y de mí y mi padre trabajaba en un negocio de distribución de vinos y embutidos. Cuando los soldados nos obligaron a abandonar nuestra casa nos dieron una habitación en el ghetto, en la calle Pawia... - Una lágrima emerge de los ojos de Halina - Mis padres fueron obligados a trabajar en los talleres textiles del Szob, entre las calles Karmelicka y Nowolipie.

- ¿Cómo conseguiste salir de Varsovia? Nuestras tropas tienen toda la ciudad totalmente rodeada.

- Cerca del parque y en la entrada a una cochera me oculté, tenía miedo por mí y por mis padres, me quité la chaqueta que llevaba y le di la vuelta por lo que la estrella de David no se veía. Mucha gente corría a las estribaciones del ghetto para saber que estaba pasando, los disparos no paraban y el ruidos de los cañones y las bombas retumbaban por toda la ciudad. Rodeé el parque Saski y llegué al puente que cruza el Vístula. Varios camiones con soldados alemanes lo cruzaban en dirección al ghetto y ni siquiera se fijaron en mí, pasé el puente y llegué al nudo ferroviario de Wschodnia.

- ¿Te subiste a algún tren?

- No, señor, un hombre joven llamado Johann Stanislaw me paró en la calle, yo llevaba el pelo desaliñado y la ropa un poco sucia, me preguntó si necesitaba ayuda, le dije que sí, que era judía y que había huido del ghetto. Johann me llevó a su casa en donde me dio comida y ropa de su hermana. Quise volver a mi casa pero me dijo que ya era imposible, las tropas alemanas tenían el ghetto rodeado...

- ¿Te llevó a Budapest?

- No, señor, Johann era abogado, por la noche me llevó en su coche hasta la estación; los controles los pasó con su documentación aunque a mi nadie me preguntó nada, me dio dinero y un billete para el tren siguiente que se dirigía a Budapest...

Hocker está atento a las palabras de Halina; mira el reloj y son casi las 11 de la noche. No tiene prisa pero le pregunta a Halina:

- ¿Tienes hambre?

- Si, la verdad es que sí, señor.

Hocker coge el paquete que sacó del mueble y desata el nudo del envoltorio. Con cuidado abre el papel y coloca en fila el contenido: Un pedazo del salchichón, mortadela, un cuarto de una hogaza de pan y una tarrina de margarina. Los ojos de Halina se tornan enormes ante tan inmenso tesoro alimenticio. Hocker saca de su bolsillo izquierdo una pequeña navaja, corta varias rodajas de salchichón y mortadela y se las acerca a Halina. Despreciando el pudor y la vergüenza, Halina coge con sus delicadas manos las rodajas y las engulle casi sin masticar, su estómago emite sonidos de movimiento...

Hocker la observa con agrado, es la primera vez que siente aprecio y lastima a la vez por una judía; hasta ahora todos los judíos que caían en sus manos tanto en el campo de exterminio de Majdanek como aquí en Auschwitz eran simples cuerpos anónimos y marcados por el III Reich como una raza maldita y destinada a la aniquilación total siendo Hocker parte de la justicia nazi encargada de cumplir la limpieza racial dictada por su Führer.

Descuelga el teléfono y realiza una corta llamada. En pocos segundos alguien golpea con los nudillos la puerta lateral. Un camarero de la SS entra y colocándose frente a Hocker le pregunta que desea. El camarero no pierde vista a esa mujer vestida de rojo; desconoce que es judía.

- Trae agua. - Hocker se ha dado cuenta que en la boca de Halina hay una bola de embutido seco y pastoso que le impide tragar.

El camarero sale y enseguida trae una bandeja con una jarra de cristal con agua y dos vasos altos. Deja la bandeja sobre la mesa y vuelve a mirar la avidez de Halina antes de salir de la habitación.

Hocker llena un vaso de agua y se lo ofrece a Halina; sin poder hablar coge el vaso y lo bebe en dos tragos, ahora esa bola de carne ya puede llegar al vacío de sus tripas.

Tras varios minutos en que Halina calma su hambre y sed llega la vergüenza, ha perdido la compostura ante Hocker comiendo con las manos pero la necesidad imperiosa de recuperar algo de la energía perdida desde varios días tras ha podido más que la educación. Hocker retoma la conversación.

- Ya es casi media noche y debo de retirarme a descansar, dentro de unas horas debo salir con el personal para realizar unos ejercicios militares. - Hocker charla con Halina como si de una mujer aria se tratase; son varios meses en los que las únicas conversaciones monotemáticas que tiene son siempre con soldados y oficiales del campo con fondo militar o criminal. Casi ha perdido la costumbre de mantener un diálogo normal. Se nota a la par extraño y cómodo desnudando sus interioridades frente a una judía.

Hocker realiza una llamada telefónica:

- Soy Hocker, que venga el coche a recoger a la prisionera. - Su voz ha vuelto a ser enérgica e imperativa.

- Esto es para ti, escóndelo para evitar que te lo roben. - Le susurra Hocker a Halina.

El violín ha quedado sobre la mesa; Hocker, con las manos en los bolsillos del pantalón, lo mira durante unos segundos pensativo. Este instrumento y Halina le han permitido durante unos instantes olvidar su trabajo como criminal. Él mismo lo ajusta en el interior del estuche junto al arco para guardarlo personalmente. Es su llave maestra para evadirse de la realidad de Auschwitz.

La aufseherin Gerda regresa para llevar a Halina a los barracones de la zona de enfermería. Mira a su prisionera y con una mueca de ironía en la boca le pregunta:

- Judía, ¿Qué le das al Kommadant para que te permita vivir unos días más? - Gerda observa el paquete regalado por Hocker pero no se atreve a arrebatárselo, tiene poder para hacerle la vida imposible.

Quedan apenas 3 horas para dormir en el camastro. A las 4 los silbatos de las kapos anunciarán otro día más de esclavitud.

Halina cierra los ojos y aunque está acostada en una litera como prisionera y rodeada de la miseria de la muerte, está medianamente feliz; Hocker le ha insuflado un hálito de esperanza y, cómo no, de alimento.

 


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